BLANCO
El primer indicio de consciencia fue un frío intenso y la ausencia. Un frío que se filtraba desde abajo, penetrando la piel desnuda de las plantas de los pies y la ausencia reflejada en una oscuridad incomprensible. No era una oscuridad que podemos entender como normal; La de una habitación sin luz o una noche cerrada, sino una negrura absoluta, densa y ausente al mismo tiempo, como si el propio vacío tuviera presencia y materia reflejando la nada a la vez.
Parpadeó varias veces, pero sus ojos no captaban nada, ni siquiera el contorno de su propia mano aunque la levantara pasándola cerca de la cara .
Un jadeo escapó de sus labios, el sonido extrañamente se amortiguaba en el silencio reinante. ¿Dónde estaba? La pregunta flotó en su mente, pero no encontró respuesta, solo una desconcertante carencia de recuerdos. No sabía cómo había llegado allí, ni siquiera quién era. La primera sensación de realidad fue sentir ese frío bajo sus pies. El pánico empezó a burbujear en su pecho. Una percepción helada que competía silenciosamente con la del suelo.
Respiró hondo, intentando calmarse. Necesitaba orientarse y enfocarse. Estiró los brazos lentamente hacia los lados, tanteando el aire negro. Casi al mismo tiempo, las yemas de sus dedos encontraron resistencia. A la derecha, una superficie fría y lisa. A la izquierda, exactamente lo mismo. Retrajo las manos y volvió a estirarlas, confirmando la sensación: estaba en un pasillo estrecho, tan angosto que apenas podía extender los brazos por completo. La piedra, o lo que fuera que formaba ese limite, se sentía como una pared antigua y húmeda al tacto. La misma que sentía en los pies.
Levantó la cabeza instintivamente, buscando alguna referencia en la oscuridad, pero no había nada. Solo más negrura. Fue entonces cuando lo vio. Muy a lo lejos, casi imperceptible al principio, un diminuto punto de luz. Era débil, apenas una mota brillante suspendida en la inmensidad oscura, pero era algo. Una referencia. Una posible salida.
La esperanza, frágil pero insistente, nació en medio del miedo. Tenía que moverse, ir hacia allí. Con extrema cautela, apoyando las palmas en las frías paredes para guiarse, dio un primer paso vacilante. El suelo era irregular bajo sus pies descalzos, pero firme. Avanzó otro paso, y luego otro, manteniendo la vista fija en aquel lejano resplandor.
El sonido de sus propios pasos descalzos era lo único que rompía el silencio opresivo, un eco suave que rebotaba entre las estrechas paredes. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba caminando, ni qué encontraría al final. La oscuridad seguía siendo total a su alrededor, impidiéndole ver los detalles del pasillo, pero la luz, aunque distante, parecía mantenerse constante, un faro solitario en un océano de tinieblas, llamándolo a seguir adelante. Y él, sin recuerdos pero con un instinto primordial de buscar la luz, obedecía. Fe? miedo? … supervivencia …?
El frío persistía bajo sus pies desnudos, y la oscuridad, aunque ya no absoluta, se adhería a él como una segunda piel húmeda y helada. A medida que avanzaba, sus ojos, esforzándose en la penumbra, comenzaron a distinguir vagamente las texturas del pasillo. Era lúgubre, sí; las paredes parecían llorar una humedad antigua, y en ese instante pudo percibir que el aire olía a polvo y quietud estancada. Cada paso resonaba con una cadencia solitaria. La sensación opresiva del entorno, esa mezcla de frío y negrura sofocante, no hacía más que reforzar la atracción magnética de la luz lejana, convirtiéndola en una necesidad vital, un anhelo desesperado por escapar de aquel limbo helado.
Mientras caminaba, con las manos rozando intermitentemente las paredes para mantener el rumbo, su mente trabajaba febrilmente, intentando reconstruir el vacío. ¿Cómo había llegado allí? La pregunta seguía sin respuesta clara, pero empezaron a surgir chispazos en la oscuridad de su memoria. Imágenes inconexas: un destello cegador, el chirrido agudo de metal retorciéndose, una sacudida violenta... ¿Un accidente? La idea se aferró, difusa pero insistente. Eran solo fragmentos, jirones de un evento traumático que no lograba enfocar, pero extrañamente, estas imágenes rotas traían consigo una certeza inexplicable: debía seguir, debía alcanzar esa luz. Era importante. Era la única dirección posible.
Poco a poco, la mota luminosa creció, ganando intensidad. Ya no era solo un punto distante, sino una presencia más definida. El contorno empezó a tomar forma en medio del resplandor, y pudo distinguir con creciente claridad que la luz emanaba de un hueco rectangular en la pared del fondo. Dibujaba la silueta inconfundible de una puerta.
A medida que se acercaba, notó un cambio sutil en su interior. La soledad seguía presente, la incomprensión también, pero la desesperación aguda que lo había atenazado al principio comenzaba a disiparse lentamente, reemplazada por una extraña calma expectante. Era como si la proximidad de la puerta, de esa luz maravillosa e insondable, le ofreciera una promesa silenciosa.
Finalmente, llegó. Se detuvo frente al umbral luminoso, sintiendo un calor tenue que contrastaba con el frío del pasillo a su espalda. El corazón le latía con fuerza, una mezcla de miedo residual y una incomprensión profunda ante lo que estaba a punto de hacer. ¿Qué había detrás? ¿Respuestas? ¿Otro vacío? Respiró hondo, levantó una mano temblorosa y empujó.
La puerta cedió sin resistencia. En el instante en que se abrió, no vio una habitación, ni un paisaje, ni nada reconocible. Fue invadido, engullido por una luz blanca, pura, infinita. Era tan intensa, tan abrumadora y despiadada, que anulaba cualquier forma, cualquier contorno. No había sombras, no había profundidad, solo una blancura absoluta que lo cegaba por completo, dejándolo sin capacidad alguna de ver nada.
En ese instante de ceguera luminosa, la memoria encajó los fragmentos anteriormente inconexos con una claridad brutal. El accidente. El golpe seco y terrible. El dolor agudo centrado en sus ojos. Recordó los médicos, las vendas y las palabras susurradas sobre daños irreversibles.
Y tristemente comprendió...
No estaba viendo la luz a través de la puerta. Porque no podía ver. Todo el viaje por el pasillo oscuro no había sido una travesía física en un lugar real, sino una representación de su estado mental, una defensa y adaptación personal para aceptar su nueva realidad.
Todo lo que la gente imaginaba sobre la ceguera era una mentira piadosa. No era la negrura lo que definía su mundo ahora. Era esta luz, esta blancura infinita y sin forma, una ausencia de imagen mucho más desconcertante, pura y, en cierto modo, mucho más aterradora que la simple oscuridad del principio. De repente la negrura le pareció mas amigable, consistente y real, tenía límites, podías sentir sus bordes. Esta luz, en cambio, era un vacío sin fin, un lienzo en blanco donde nada podía ser visto, algo para lo que no estaba preparado. Pero entendió con resignación, y con un nuevo y extraño valor, que estaba ciego y que esa luz era su nuevo mundo.
THE END. Juan J. Mares
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