EL ADIOS
Estaba allí caminando tan lejana... aunque realmente estaba a pocos metros de mi.
Anodino repasaba mentalmente la conversación telefónica mantenida hacía tan solo tres horas, en la cual me había citado a las ocho de la tarde en el parque. Un lugar especial para los dos, un lugar donde tantas veces habíamos quedado y donde, muchas tardes nos habíamos besado.
El viento soplaba, meciendo las ramas desnudas de los árboles con un compás melancólico. Un compás pausado y constante, que ante mi desconcierto parecía orquestar está ocasión en especial. El aire era ligeramente helado y húmedo, un día como otro cualquiera de otoño. Me quedé contemplando como a ratos este aire se arremolinaba arbitrariamente haciendo ascender las hojas caducas del suelo como pequeñas bailarinas que danzaban furiosas al compás de la batuta que regía las ramas desnudas de los árboles cercanos. Un baile sinuoso e hipnótico que desdibujaba la imagen de todo a nuestro alrededor.
Llevaba un vestido blanco hasta las rodillas con una falda de vuelo que no paraba de luchar con las ráfagas de aire, luchando por permanecer en el lugar que le correspondía.
Los pocos rayos de sol que se resistían a morir en aquel atardecer se filtraban por el enmarañado techo de ramas sin hojas, formando una cúpula siniestra encima de nuestras cabezas. El escenario que nos rodeaba se me antojo de repente un poco tétrico.
-Adiós
En mi mente se mezclaron en un segundo fragmentos inconexos de todos los momentos que habíamos pasado juntos; eran como los negativos de una película en la que cada fotograma correspondía a un momento de nuestra vida en común sin orden ni motivo aparente.
Por un momento todo me pareció irreal como en un libro sin sentido o la pose artificial de una foto antigua. Tonos sepia y grises se mezclaban rápidamente difuminando la luz y mi percepción de la situación. Pero el dolor que había empezado a acompañar mi angustia era muy real, demasiado real... tan agudo que dolía físicamente, tan intenso que no me dejaba pensar.
Levante lentamente la cabeza, dejando ver las lágrimas que brotaban de mis ojos y de mi alma .
En ese momento se giro y dándome la espalda empezó a caminar alejándose de mi. Su espesa melena jugaba con el viento y su falda perdía en ocasiones la lucha mantenida hasta el momento. Me percaté de que a ella ya no le importaba; no se sujetaba el vestido como hacía de costumbre, sonriendo,. Solo caminaba lentamente hacia el sendero que serpenteaba hasta el linde del parque.
En mi interior brotó la necesidad de detener aquel suceso, guiado por una desesperanza que ya no era capaz de retener. Quería ir a su lado y abrazarla con fuerza, un abrazo del que no pudiera escapar jamás, el abrazo que la mantendría siempre a mi lado. Di un paso al frente pero ningún otro paso le siguió. En ese momento intente gritar su nombre, suplicaría si era necesario, pero ningún sonido escapó de mi garganta.
Maldije mi debilidad, maldije sobre todo mi error. El saber que todo había pasado por mi culpa solo acrecentaba mi rabia y mi intenso dolor. Me despreciaba y solo podía mirar como se alejaba lo que más quería en este mundo, como se perdía su figura en el horizonte... como había dejado morir mi amor...
En aquel momento volví a la realidad, la música sonaba estrepitosamente y las luces parpadeaban estrambóticamente sin seguir ningún ritmo o patrón. Enfrente de mi permanecía esperando ansiosa una respuesta la chica que había conocido esta noche...
-¿Te vienes a mi casa?- repitió susurrándome al oído, con tal proximidad que sus labios rozaban mi oreja a cada palabra.
Me volví dirigiéndome hacia la puerta y un pensamiento se repetía una y otra vez, «nunca cometeré ese error, nunca cometeré ese error...»
THE END. Juan J. Mares
Anodino repasaba mentalmente la conversación telefónica mantenida hacía tan solo tres horas, en la cual me había citado a las ocho de la tarde en el parque. Un lugar especial para los dos, un lugar donde tantas veces habíamos quedado y donde, muchas tardes nos habíamos besado.
El viento soplaba, meciendo las ramas desnudas de los árboles con un compás melancólico. Un compás pausado y constante, que ante mi desconcierto parecía orquestar está ocasión en especial. El aire era ligeramente helado y húmedo, un día como otro cualquiera de otoño. Me quedé contemplando como a ratos este aire se arremolinaba arbitrariamente haciendo ascender las hojas caducas del suelo como pequeñas bailarinas que danzaban furiosas al compás de la batuta que regía las ramas desnudas de los árboles cercanos. Un baile sinuoso e hipnótico que desdibujaba la imagen de todo a nuestro alrededor.
Al salir de mi estupor la vi acercándose y, como siempre, mi corazón empezó acelerarse. Y Aunque siempre quería esconderlo, en el fondo, sabía que ella me lo notaba al momento.
Llevaba un vestido blanco hasta las rodillas con una falda de vuelo que no paraba de luchar con las ráfagas de aire, luchando por permanecer en el lugar que le correspondía.
Los pocos rayos de sol que se resistían a morir en aquel atardecer se filtraban por el enmarañado techo de ramas sin hojas, formando una cúpula siniestra encima de nuestras cabezas. El escenario que nos rodeaba se me antojo de repente un poco tétrico.
Sus labios solo pronunciaron una palabra...
-Adiós
Una angustia desmesurada invadió mi ser. Noté que las piernas empezaron a fallarme y apenas pude mantenerme en pie reuniendo las pocas fuerzas que pude obtener.
Su voz sonó suave y decidida, pero escondiendo quizá el dolor que ella en el fondo sentía. Su rostro era serio y sereno, resaltando sus ojos verdes esmeralda. Las pupilas temblaban ligeramente reflejando la luz del sol que reposaba en la parte superior de su cara, lo cual si era posible, aumentaba aún mas su belleza.
En mi mente se mezclaron en un segundo fragmentos inconexos de todos los momentos que habíamos pasado juntos; eran como los negativos de una película en la que cada fotograma correspondía a un momento de nuestra vida en común sin orden ni motivo aparente.
Por un momento todo me pareció irreal como en un libro sin sentido o la pose artificial de una foto antigua. Tonos sepia y grises se mezclaban rápidamente difuminando la luz y mi percepción de la situación. Pero el dolor que había empezado a acompañar mi angustia era muy real, demasiado real... tan agudo que dolía físicamente, tan intenso que no me dejaba pensar.
Bajé la cabeza para intentar concentrarme y hacer acopio de la fuerza mental que pude reunir en ese momento, pero fue inútil. Todo desaparecía a mi alrededor dejando una sensación de obscuridad, un abismo en espiral donde se mezclaban rabia, impotencia e incomprensión y, al fondo, brillando como una vela titilante y débil, el amor. Un amor ya perdido y sin objetivo, un amor solo y sin dueño. Un amor incontrolable que, buscando desesperadamente una salida, se transformaba irremediablemente en más dolor.
Levante lentamente la cabeza, dejando ver las lágrimas que brotaban de mis ojos y de mi alma .
En ese momento se giro y dándome la espalda empezó a caminar alejándose de mi. Su espesa melena jugaba con el viento y su falda perdía en ocasiones la lucha mantenida hasta el momento. Me percaté de que a ella ya no le importaba; no se sujetaba el vestido como hacía de costumbre, sonriendo,. Solo caminaba lentamente hacia el sendero que serpenteaba hasta el linde del parque.
En mi interior brotó la necesidad de detener aquel suceso, guiado por una desesperanza que ya no era capaz de retener. Quería ir a su lado y abrazarla con fuerza, un abrazo del que no pudiera escapar jamás, el abrazo que la mantendría siempre a mi lado. Di un paso al frente pero ningún otro paso le siguió. En ese momento intente gritar su nombre, suplicaría si era necesario, pero ningún sonido escapó de mi garganta.
Maldije mi debilidad, maldije sobre todo mi error. El saber que todo había pasado por mi culpa solo acrecentaba mi rabia y mi intenso dolor. Me despreciaba y solo podía mirar como se alejaba lo que más quería en este mundo, como se perdía su figura en el horizonte... como había dejado morir mi amor...
En aquel momento volví a la realidad, la música sonaba estrepitosamente y las luces parpadeaban estrambóticamente sin seguir ningún ritmo o patrón. Enfrente de mi permanecía esperando ansiosa una respuesta la chica que había conocido esta noche...
-¿Te vienes a mi casa?- repitió susurrándome al oído, con tal proximidad que sus labios rozaban mi oreja a cada palabra.
Me volví dirigiéndome hacia la puerta y un pensamiento se repetía una y otra vez, «nunca cometeré ese error, nunca cometeré ese error...»
THE END. Juan J. Mares
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